
En su país eran estudiantes, comerciantes, informáticos. Aquí son vendedores de agua en la noche madrileña. Les podemos ver con sus carritos de la compra cargados de pequeñas botellas de plástico que son la fuente de ingresos con la que sobreviven y enviar además algo de dinero a sus familias. Sus economías como el resto de sus vidas son un milagro.
Un milagro con sonrisa, porque son tremendamente afables y respetuosos, aunque paradojas de la vida, hace unos días en una reunión vecinal con la policía, se les consideró como uno de los mayores problemas en el distrito Centro por la actividad ilegal que realiza: vender agua. Sin embargo, como cientos de inmigrantes en Lavapiés, viven en una infravivienda con riesgo de derribo y su casero les cobra mensualmente 800 E, pero eso, al parecer no es un problema para la convivencia en el barrio.
