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jueves, 22 de abril de 2021
sábado, 10 de abril de 2021
CONSPIRAR
De las cosas buenas que nos está trayendo esta crisis es que está poniendo en el centro no sólo la necesidad de una cultura del cuidado, sino la materialidad de la vida, cosa que a los creyentes con frecuencia se nos olvida. Padecemos aun en muchos sectores eclesiales de un dualismo crónico, que divide la realidad en dos planos: lo espiritual y lo material, situando el primero en el piso de arriba y el segundo en el sótano. Confesamos la encarnación en el credo, pero fácilmente nos escandalizamos de ella al detectar sus huellas en la mundanidad y el despojo en la historia. El déficit de materialidad y mundo caracteriza todavía mucho a nuestra iglesia, que sigue desvinculando a Dios de las experiencias hondas de placer y felicidad, de las relaciones, de la política, de la vida ciudadana, del diálogo con la ciencia, del trabajo. Lo cual constituye un atentado contra la encarnación, y termina por deformar el cristianismo en una religión burguesa.
Pero el Dios de Jesús no es un Dios light o líquido. La fe cristiana no remite nunca a respuestas abstractas, sino a la encarnación, al espesor de la realidad, donde todo se da mezclado: la vida y la muerte, el sufrimiento y la alegría, la gracia y el pecado, la generosidad más sobreabundante y la mezquindad más extrema. Tampoco podemos rastrear las señales ni los guiños cómplices del Misterio, que llamamos Dios, al margen de la historia y de los cuerpos más vulnerados donde está empeñado en revelársenos. La espiritualidad no es una terapia anti-estress, sino que nos ubica en un horizonte habitado por un Dios solidario con las víctimas desde donde emerge una resistencia y una esperanza insólita.
Por eso en tiempos de pandemia y cada día necesitamos no sólo inspirar y expirar, sino también conspirar: fortalecer tramas comunitarias de resistencia y de compromiso con la ecojusticia. Porque donde dos o tres estéis reunidos en mi nombre allí estoy yo” (Mt 18,20). Pero quizás es necesario recordar que en mi nombre no se refiere a la “la etiqueta o lo símbolos católicos”, sino a quienes se identifican con los valores evangélicos, sea cual sea su credo religioso. El Reino esta siempre más allá de la Iglesia y su misión no es anunciarse a sí misma, sino ser sacramento de salvación para el mundo (LG 48, 9). Por eso la iglesia si es de Jesús ha de ser forzosamente en salida y no en repliegue, máxime en tiempos de crisis.
Por eso las tramas comunitarias son hoy más que nunca sacramentos de la esperanza que nutren y sostienen las de muchas gentes: no ser invisibles, no ser desahuciado, tener comida y material escolar para los hijos, no perder el trabajo, no estar solo, etc. Esperanzas, muchas de la cuales, pasan por la materialidad de la vida y remiten a compromiso con las tres t, que nos recuerda el papa Francisco: Techo, tierra, trabajo. Las tramas comunitarias son también signo de que otro mundo está siendo posible en medio de esta crisis, como señala la ecofeminista Yolanda Sáez [1], son ese lugar en los que las sumas de nuestras derrotas se convierten en esperanza por el hecho de estar juntos y donde la suma de nuestras oscuridades se convierte en luz para estar en conexión y atravesar la incertidumbre.
Conspiremos
[1] Yolanda Sáez. “Ecofeminismo. Tejiendo redes”, Mas allá de la pandemia al de la pandemia. Vivir en estado de excepción, Iglesia Viva (283), 2020.
lunes, 15 de febrero de 2021
miércoles, 25 de noviembre de 2020
CRISIS Y NUEVOS ALUMBRAMIENTOS ( Alandar Noviembre 2020)
Hoy escribo este artículo con sentimientos que me resultan difíciles de definir por ser en muchos casos contradictorios. Escribo con indignación por como esta crisis se está cebando con los y las más pobres y por la incapacidad de los políticos de poner el bien común en el centro, en lugar de sus intereses partidistas. Escribo con rabia ante la violencia de la ultraderecha empeñada en levantar el odio, el racismo, el clasismo y el sexismo en una situación económica y social que reclama con urgencia amor político, diálogo y tolerancia. Escribo con cansancio, quitándole horas al sueño porque la pobreza “da mucho trabajo” a quienes ponemos nuestras energías en intentar combatirla. Escribo pegada a la materialidad de la vida y la preocupación por organizarnos colectivamente para cubrir las necesidades básicas de tantos compañeros y compañeras, vecinos y vecinas, amigos y amigas que no saben hasta cuándo van a poder mantener el alquiler, o cómo van a conseguir comida, ropa de abrigo e incluso medicinas.
Pero lo hago también con admiración y reconocimiento ante tantas iniciativas vecinales empeñadas en defender la alegría en estos tiempos sombríos y redistribuir la riqueza y los bienes comunes entre todos aquellos y aquellas que están siendo desposeídos con el pretexto de esta crisis. Tecleo el ordenador con la nostalgia de relaciones vividas desde el cuerpo a cuerpo en lugar de por una pantalla virtual. Me habita el fuerte convencimiento de que en tiempos de incertidumbre, distancia social y exceso de sufrimiento como el que nos atraviesa, necesitamos recrear nuevas formas de encuentro y solidaridad para lo cual se nos hace imprescindible la mirada interior y comunitaria a la realidad. Por mirada interior entiendo una mirada contemplativa, y crítica ante el desorden de un sistema, en guerra contra la vida por el expolio del planeta y la biodiversidad, que se han convertido en caldo de cultivo propicio para pandemias como la que actualmente estamos viviendo. En tiempos de distancia social, cuando tocarnos es imposible la mirada recupera toda su fuerza: mirar a los ojos de los otros y otras y dejarnos mirar por ellos y ellas, especialmente por las personas más vulneradas en sus derechos por esta crisis, quizás nos permita encontrar en ellos la luz necesaria para rescatar la esperanza en medio de tantas ruinas como está quedando aprisionada.
Por eso comparto algunas miradas que encienden la mía hoy y me sirven de brújula ante tanta incertidumbre y desgarro como nos atraviesa:
-La mirada de Lasa, compañero senegalés sin papeles que vive en España desde hace 8 años. Vive en una casa ocupada sin luz y sin agua con otro grupo de africanos. Han pasado la cuarentena del covid en esas condiciones. Su mirada reclama la urgencia de una regularización ya permanente y son condiciones, porque ningún ser humano puede ser declarado ilegal
-La mirada de Luzbeth, trabajadora de hogar interna que enfermó de covid cuidando de una anciana enferma. Pasó todo el confinamiento con ella, pues los hijos vivían en otra ciudad. Cinco meses después Luzbeth ha sido despedida por estar de baja por ansiedad un día, al conocer la noticia de la muerte de su madre por covid en Honduras. Su mirada reclama la exigencia de condiciones laborales de las trabajadoras de hogar, excluidas de los derechos más básicos reconocidos en el Estatuto de los trabajadores, entre ellos el fin del desistimiento y el derecho al subsidio de desempleo.
-La mirada de Danna y su bebe, una mujer española, a la que el confinamiento le pilló inmediatamente después de ser desahuciada. Fue acogida en una casa ocupada de mujeres donde cuidaron de ella y su bebe y le ayudaron a tramitar el ingreso mínimo vital. Actualmente está durmiendo en un recurso del SAMUR sin haber solucionado su situación. Su mirada nos desvela que la vivienda no puede ser un privilegio sino un derecho. La exclusión habitacional se ha convertido en una de las formas más violentas de pobreza en nuestro país. Pero la mirada de Danna y su bebe reclama a la vez la urgencia de unos servicios sociales menos burocratizados, más flexibles y ágiles en la resolución de las situaciones urgentes, más dirigidos al cuidado y la protección de las personas y colectivos más vulnerados que al control social, la sospecha y la criminalización.
-La mirada de Rosa una médica del centro de salud de mi barrio, dedicada de manera voluntaria junto con otros colectivos sociales a dar talleres sobre seguridad y salud frente al covid entre los grupos más vulnerables y excluidos del sistema sanitario y encontrar formas de acceso a él. Su mirada denuncia la privatización de los sistemas de salud en la deriva neoliberal en la que nos encontramos y la exigencia de una sanidad pública y universal en la que nadie se quede fuera, como reclaman la plataforma Yo si sanidad universal, de la que forma parte.
Estas miradas me confirman también que la crisis del covid es mucho más que una crisis sanitaria y una crisis social, no es sólo un tránsito, ni siquiera un aviso. Es una realidad que va a cambiarlo todo. Como escribía el filósofo Slavoj Zizek[1] al inicio de la pandemia, el virus ataca los cimientos mismos de nuestra vida, provocando no sólo una ingente cantidad de sufrimiento, sino un desastre económico que los poderosos intentaran aprovechar para recuperar sus privilegios No habrá ningún regreso a la normalidad, sino que la nueva normalidad tendrá que construirse sobre las ruinas de nuestras antiguas vidas.
Pero las crisis son siempre un crisol, Nos obligan a separar el oro de la ganga y nos empujan a pensar lo insólito, a sostenernos en el hoy para tener vidas que merezcan la alegría de ser vividas y eso solo es posible desde la gestación colectiva de la cultura del cuidado, de la inter y ecodependencia. Esta gestación requiere parteros y parteras que no se acomoden al darwinismo social, a la lógica del hiperdesarrollo y el crecimiento ilimitado, a la naturalización de la pobreza siempre para los mismos y las mismas. El porvenir se gesta en la solidaridad y la defensa de la vida más vulnerada hoy y esto solo será posible desde un profundo cambio en nuestras formas de vida, producción y consumo. Solo será posible desde un cambio de conciencia, un éxodo imprescindible mental y cordial del que señalo algunos aspectos que tomo de Emma Martínez Ocaña en su libro “Es tarde, pero es nuestra hora” [2]:
-De la fantasía de la suficiencia a la experiencia de la inter y la ecodependencia que nos compromete a poner la vida en el centro empezando por la más vulnerada.
-Del consumismo depredador al decrecimiento o crecimiento sostenible para todos y todas. Vivir con sencillez y sobriedad para que otros y otras puedan sencillamente vivir.
-De la búsqueda compulsiva de seguridad a toda costa a abrazar y vivir la vulnerabilidad asumida y compartida y la inseguridad e incertidumbre como compañeras de caminos de la existencia humana.
-De la superficialidad, la inconsciencia y la manipulación mediática a la profundidad y la conciencia crítica informada y comprometida con el bien común, y lo público.
-De la cerrazón mental y vital a la apertura dialogante, constructora de puentes que desmonte prejuicios, fronteras ideológicas, polarizaciones sociales, para que las personas y la vida más amenazada sean lo primero.
-Del sálvese quien pueda a la experiencia comunitaria, la creación de espacios compartidos de búsqueda de alternativas en común.
-De la globalización de la indiferencia al padecer con, vivir la compasión política, al modo de Jesús de Nazaret, que nos compromete con la eco justicia y la ternura con toda vida.
Si la vida se sostiene en un milagroso entramado de interconexiones, hoy más que nunca se nos hacen imprescindibles las redes de cuidados, como esta pandemia nos está demostrando:
Redes, tejiendo redes,
Tu cuerpo y el mío, formando parte del cuerpo de la tierra y del cosmos.
Tu necesidad con la mía y la de todas las especies.
Desuniendo el caos, cohesionando esfuerzos,
Generando vínculos, superando fracturas,
Redes, tejiendo redes
En el entramado misterioso de la sostenibilidad de la vida,
Tensión, clamor, pasión y grito de la vida siempre resiliente
sostenida y sosteniéndonos.
Alandar desde su formato digital seguirá contribuyendo a ello….
Seguimos
[1] Slavoj Zizek, Pandemia, Anagrama Barcelona,2020, p.12.
[2] Emma Martínez Ocaña, Es tarde, pero es nuestra hora. Narcea, Madrid, 2020, pp. 128-129.
domingo, 29 de marzo de 2020
Desde el confinamiento (3)
Día triste hoy. Amanezco con la noticia de la muerte por corona virus de Chato Galante, compañero de Justa Montero, persona excepcional y militante incansable en la transformación social, el ecologismo y contra las víctimas del franquismo y la tortura. Día espeso. Me asomo al balcón y sólo hay vacío y silencio, por dentro y por fuera…hasta que irrumpen con fuerza los pájaros. Un sentimiento de esperanza y de agradecimiento me invade porque hay mujeres y hombres que honran la dignidad humana como Justa y Chato.
A lo largo del día me llaman por teléfono varias compañeras empleadas de hogar indignadas por que han vuelto a ser invisibles por el gobierno en el Decreto de alarma y no saben si su trabajo se considera esencial o no. Algunas son sin papeles y temen que sus empleadores no les quieran firmar un justificante sobre la necesidad de su trabajo. Sabemos que otras han pillado el corona virus en las casas donde trabajan y lo han hecho sin que sus empleadoras les ofrecieran ningún sistema de protección.
En algunos casos ni siquiera les han contado que algunas de las personas para las que trabajaban estaban afectadas por el virus y al ponerse enfermas ellas las han despedido. Sin embargo, el gobierno insiste que ningún trabajador o trabajadora será despedido por esta crisis. Pero las trabajadoras de hogar no se arredran y ya se han cansado de ser invisibles por eso andamos a tope trabajando desde las redes y lanzando campañas, como la que mañana, día 30, día internacional de las trabajadoras de hogar sacamos a partir de las 10 de la mañana #CuidaAQuienTeCuida
Termino el día con una buena noticia mi amiga Carmen va mejorando y próximamente le van a dar el alta

viernes, 27 de marzo de 2020
Desde el confinamiento (1)
Esta semana estoy viviendo el confinamiento en casa de mi padre...Hija, me decía hoy, mi generación, de niños. vivimos la guerra y ahora nos toca de mayores vivir esto ...Pero esto no es una guerra... Por más que nos lo quieran vender como tal comparto plenamente la opinión de mi padre. Me preocupan las medidas de control social y la legitimidad de la militarización social que estamos viviendo con el pretexto de la crisis del coronavirus.
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