jueves, 11 de agosto de 2022

VIVAS NOS LUCHAMOS ( Alandar Agosto 2022)

Con este título y a modo de epílogo termina uno de los libros cuya lectura más me ha conmocionado últimamente: Horizontes del feminismo. Conversaciones en un tiempo de crisis y esperanzas, de la filósofa Silvia Gil.

Reivindicar la lucha en el mes de agosto, en periodo vacacional en este lugar del mundo desde donde escribo, puede parecer a algunos inapropiado e incómodo, pero las noticias de la crisis energética que se nos avecina (como si no estuviéramos ya en ella), las consecuencias del cambio climático, con media España arrasada por los incendios y la muerte de varios trabajadores a consecuencia de las olas de calor y la precarización de sus condiciones laborales, nos obliga a ello.

Soy una ávida lectora de la teología mujerista y siempre me ha llamado la atención la centralidad que da a la lucha como una categoría fundamental en ella. La lucha entendida en su dimensión comunitaria, no como algo heroico ni sacrificial, sino como entraña de la vida y por tanto unida a la fiesta y a la alegría, sin negar el sufrimiento, pero sin dejarse determinar por él. La lucha como resistencia y propuesta colectiva que nace del deseo, de la puesta en marcha de formas de imaginar comunitariamente que la realidad tiene que dar más de sí, que no podemos conformarnos ni resignarnos ante el mundo-catástrofe que se configura cada vez con más fuerza y su lógica biocida.

Lucharnos vivas es resistir a las lógicas individualistas y meritocráticas que pretenden hacernos creer que cada uno y cada una tiene lo que se merece, como si los elementos estructurales e interseccionales: sexo, clase, raza, nuevas formas de colonialismo no incidieran en las vidas cotidianas de las personas y los pueblos. Lucharnos vivas es mantenernos en la valentía compartida y disidente de querer transformar de raíz el sistema asesino en el que vivimos, por insostenible y porque en la pelea cotidiana por reconstruir la vida mercantilizada y agredida estamos siempre las mujeres desde los trabajos invisibilizados, feminizados y racializados.

Lucharnos vivas es no cejar en el empeño por empujar en común y en diversidad otros modos de sostener la vida y ponerla en el centro que no se basan en un modelo predefinido y con manual de instrucciones, sino en generar resistencias desde, por y con la vida, donde el cuidado esté en el centro y no los intereses del mercado. Y esto no podemos hacerlo sin lucha, pero tampoco sin pasión por la vida y ternura radical. Apasionarse por la vida es descubrir que su fuerza está en lo germinal, en la vulnerabilidad compartida y asumida, en la eco y la interdependencia y valorar cada paso, cada avance, cada iniciativa, por sencilla e imperceptible que parezca.

Pero la lucha que necesitamos no es posible sin la fuerza del amor político, de la ternura radical, que es cuidado mutuo y autocuidado, que rompe con la lógica d
e la guerra en la que el fin justifica los medios, e instaura la de los vínculos compartidos, las conexiones e interconexiones, porque no hay cambio social ni paradigmático sino participan en él y se entrecruzan los afectos y hace que lo personal sea político.

Vivas nos luchamos, nos espera un otoño duro (ya nos están avisando). A la vuelta de agosto volveremos a tomar las calles, los espacios porque el colapso civilizatorio avanza en cada estremecimiento, pero a la vez también las resistencias y zonas liberadas. Nos luchamos y seguiremos haciéndolo vivas.

lunes, 4 de julio de 2022

Mi vecino Paco ( AlandarJulio)

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Me gusta llamarle así, aunque no es mi vecino propiamente sino el de mi padre, pero su cercanía y empatía son tan grandes que bien pudiera ser el vecino que a todas nos gustaría tener. Le conozco desde hace años, tanto como mis padres llevan viviendo en un barrio al que se fueron cuando los hijos nos emancipamos. La escalera y el ascensor fueron y siguen siendo nuestros principales lugares de encuentro, pero siempre me llamó la atención la calidez de su saludo y su vitalidad externa, pese a estar cerca de los 70. En una escalera de vecinos y vecinas más bien grises y de portes muy correctos, Paco, vistiéndose con colores pasteles, rosas, naranjas o amarillos, llenaba de luz, y sigue haciéndolo, la escalera. También sus tres pendientes en la oreja le delatan como una persona sin miedo a la originalidad y libre frente al que dirán.

A menudo le veía con otro amigo, de aspecto más serio y reflexivo, pero siempre disponibles a echarme una mano con el carrito de la compra cuando iba cargada y afables y cuidadosos en su interés por la vecindad, incluidos mis propios padres. Mi madre siempre decía que eran los vecinos más delicados y divertidos de todo el edificio y que en las Juntas de la escalera, cuando había algún conflicto, siempre se les ocurría contar algo que relajaba el ambiente y facilitar así seguir con la reunión. Fue mi madre quien me dijo que el amigo de Paco se llamaba Luis y que eran pareja: “vamos hija, que son mariquitas o gais, como se dice ahora”, fueron realmente sus palabras.

El covid fue muy duro en la escalera donde viven mis padres y especialmente con Paco, que le ha dejado como secuela una enfermedad pulmonar que le obliga a ir con la botella de oxígeno a todas partes y a permanecer muchas temporadas hospitalizado. Echo de menos el colorido de sus ropas rompiendo la monotonía gris de la escalera y sobre todo su sonrisa franca y animosa. Ahora con quien me encuentro es con Luis y soy yo la que pregunto por la salud de Paco. Me cuenta a menudo lo mal que lo ha pasado con la enfermedad de su compañero, cuando creía que se moría, porque llevan juntos 40 años y no puede imaginar su vida sin él. A veces el rellano de la escalera se convierte en un lugar de confidencia y me cuenta que su vida no ha sido fácil, que han vivido muchas cosas maravillosas juntos, también algunas muy difíciles, porque él tenía mucho miedo a salir del armario y que fue Paco quien le ayudó a hacerlo y a descubrir que por encima de la familia hay cosas muchas más importantes cuando ésta no te acepta ni te quiere como eres. Otro día me habló de su padre, del sufrimiento que le generó su rechazo durante mucho tiempo, pero ¡lo que es la vida!, al final cuando ya era muy mayor y enfermó fueron ellos los que se lo trajeron a casa para cuidarle.

A Luis le tiembla la voz cuando habla de Paco y de todo lo que han construido juntos. Hace unos días me dijo que están pensando en casarse y que muchos amigos les estaban animando a hacerlo. También me dijo que se había enterado de que yo era monja y que él también era católico, aunque Paco no, y que Paco decía que no hay religión ni ley mayor que el amor y que entonces él había pensado que algo así dice el Evangelio.

Desde muy joven tengo la suerte de conocer y tener amistad con muchos Pacos y Pacas, muchos Luises y Luisas, la suerte de haber entretetejido mucha vida en común,  que me ha  ampliado mi visión de la vida, de las relaciones, de la sexualidad, del evangelio, etc, me ha hecho consciente de la urgencia de luchar y educar contra toda forma de homofobia en la sociedad civil y en las iglesias. Por eso el 28 J, el día del orgullo LGTB + es también para mi un día de fiesta y lucha, tan grande o más que una misa en la catedral.



Pepa Torres Pérez




viernes, 1 de julio de 2022

EL EVANGELIO ES HOY, EL EVANGELIO ES AHORA ( revista de Pastoral Juvenil, Junio 2022)


Cuando tenía 20 años, a partir del trabajo socio-educativo con jóvenes y niños en un barrio marginal de Madrid atravesado por el fracaso escolar y la heroína, la frase de Dorothy Day con la que titulo este artículo se me reveló como una verdad que transformó radicalmente mi vida y mis opciones. Descubrí entonces la importancia de los contextos y las nuevas significaciones que adquiere la realidad según desde donde se la interprete y se habite. No es lo mismo un contenedor de basura de un edificio de vecinos, para quienes el portero es el encargado de sacarlo cada noche a la calle, a lo que significa para quienes viven de rebuscar entre ellos. Todo conocimiento, como señala la activista feminista Dona Haraway, es situado: no puede desligarse de los contextos ni de la subjetividad de quien lo emite.

Lo mismo sucede con el Evangelio y la necesidad de contextualizarlo, porque la fe cristiana no es un principio ni una abstracción, ni siquiera solamente unas creencias. La fe cristiana es “ejercicio”, es praxis y nace en las periferias. En un territorio “insignificante” del que no se espera nada bueno y visto siempre bajo sospecha por el poder político y religioso (Jn 1,46), como tantos lugares marginales hoy en nuestro mundo. Geografías malditas de donde la gente lo que quiere es huir, pero sin embargo otros y otras deciden permanecer, porque se convierten para ellos en un Horeb donde Dios les invita a descalzarse y a comprometerse de manera comunitaria en este terreno sagrado y con quienes lo habitan.

Por eso creer en el Evangelio es dejarse seducir por un periférico. Alguien que nace y muere fuera de la ciudad, que se ve obligado a desplazarse con su familia como un refugiado huyendo de un genocidio (Mt 2, 13-23), como tantas familias refugiadas hoy; que es condenado injustamente como un antisistema (Mc 15,10-15) y cuyo Abaa es también el Dios de las periferias: El Dios de las esclavas, como Agar, cuyo dolor le conmueve hasta mostrarle su rostro: He visto al que me ve, (Gn 16,13). El Dios que abandona el templo para ponerse a la cabeza del pueblo cuando es deportado (Ez 1,1-28), cuyo culto es la misericordia y la projimidad, y para el que no hay un lugar físico privilegiado para adorarle, como le reveló a la mujer samaritana, sino una actitud en espíritu y verdad (Jn 4,5-42). Por ello, la liberación de las periféricas y periféricos, o dicho en el lenguaje del papa Francisco, los y las descartables, es el signo de su presencia entre nosotras (Lc 7,22).


Por eso también las periferias son un lugar privilegiado para hacernos despertar a una nueva conciencia: de nosotros y nosotras mismas, de los demás, de la divinidad. Una conciencia más holística, planetaria, interdependiente y también feminista, por lo que provoca como anuncio, en tanto que nos abre a lo que permanece oculto desde la lógica del poder y del sistema, pero también como denuncia. Por eso ser cristianas y cristianos hoy es ser porosos al grito de los y las invisibles, los vicarios de Cristo, donde se nos siguen revelando historias sumergidas y paralelas que nos remiten al Evangelio como anuncio y como denuncia:

-Nuevas Marías sin techo, dando a luz en una casa ocupada y a las que se les niega la asistencia sanitaria por estar en situación irregular. Otras sirofenicias, con las que compartimos escalera, nuevas vecinas de nuestros barrios que reclaman resilientemente justicia, derechos, inclusión para sus hijos e hijas, frente a los discursos de odio y el racismo estructural que emerge como sombra de muerte en nuestros barrios.

Nuevos Zaqueos, Levís y Nicodemos que en la proximidad con quienes habitan el revés de la historia descubren que hay que subvertirla desde abajo para que el amor, la justicia y la comunión lleguen de hecho realmente a todos. Porque la salvación, o es desde abajo y empieza por las últimas y últimos, o es imposible que sea universal, como anunció Jesús de Nazaret con su vida y sus palabras.

-Nuevas Martas y Marías, no de Betania, sino de Carabanchel, Vallecas, Lavapiés, El Pozo, La Cañada, La Ventilla, y tantos otros barrios periféricos, que hacen de sus vidas y sus casas lugares de hospitalidad y aprendizaje mutuo de aquellos y aquellas a quienes todas las puertas se les cierran.

-Nuevas viudas pobres del evangelio, que comparten no lo que les sobra, sino lo que necesitan para vivir, porque la vida compartida es el mayor tesoro.

-Nuevos jóvenes ricos, a los que al final les puede más el deseo de seguridad que la vida como un proyecto abierto de solidaridad y confianza sostenida en el buscad el reino de Dios y su justicia y lo demás se os irá dando por añadidura (Mt 6,24-34).

Pero esta realidad es invisible a los ojos del poder y del éxito. Requiere romper con las gafas de la superficialidad y la banalización del mal que tan a la moda están en estos tiempos. Sólo así podremos darnos cuenta de que la fe es lo más opuesto a la justificación, la ideologización o la instalación y que leer el Evangelio con ojos críticos y sensibilidad contemplativa nos saca de nuestras zonas de confort y nos moviliza a ser iglesia en salida, porque el Reino está siempre mucho más allá de las estructuras eclesiásticas y donde dos o tres estéis reunidos en mi nombre allá estoy yo entre vosotros, nos dice Jesús (Mt 18,15-20).

El Evangelio es hoy, el Evangelio es ahora, pero para así descubrirlo ha de ser contemplado y contrastado comunitariamente desde una interioridad que se va descubriendo habitada y para ello cuida también la soledad y el silencio. Sin embargo, lo paradójico de nuestra fe es que la autenticidad de la experiencia contemplativa en nuestra vida no es una cuestión de piedad, sino de profetismo y compromiso. La calidad de nuestra oración o nuestras experiencias de Dios no se miden por cuántas horas estamos en silencio sino por nuestra projimidad vivida hasta las últimas consecuencias (Mt 7,21-29). 

Porque Dios es Palabra, clamor y grito. Hay un texto maravilloso en el libro del Eclesiástico que remite al poder del grito de los empobrecidos y empobrecidas para romper la imparcialidad de Dios. Su grito es tan fuerte e insistente que atraviesa los cielos, traspasa las nubes, llega hasta el mismo Dios y no cesa hasta ser escuchado, de modo que hace que Dios tome parte, es decir, participe de sus luchas y sueños haciéndose parcial con ellos y ellas (Sir 35,15-21).

Por eso los gritos de los y las invisibles de nuestro mundo son la brújula de la Iglesia, de manera que cuando dejamos de ser compañeros y compañeras de vida, de luchas, de riesgos y sueños en común con ellos y ellas, la Iglesia deja de ser la Iglesia de Jesús. Pero estos gritos no son sólo de opresión y sufrimiento, sino también de júbilo y acción de gracias, como cuando ganamos un desahucio, unas medidas de alejamiento, un juicio por despido improcedente, evitamos una deportación de alguien ingresado en un CIE (Centro de Internamiento de inmigrantes), o un grupo de personas subsaharianas salta la valla de Melilla al grito de Boza. Porque el mundo de los pobres paradójicamente no es sólo el mundo de la carencia, sino también el de la creatividad y el derroche.

Por eso el Evangelio es una Buena Noticia y hay que celebrarla. Va de banquetes y fiestas, aunque atraviese momentos oscuros, y nos invita a ser más cantores que plañideras, a compartir la mesa de la vida y los derechos con todos los expulsados y expulsadas del banquete neoliberal que hoy acontece en nuestro mundo.

Porque el Evangelio es ahora, el Evangelio es hoy, mujeres y varones somos urgidos a “ponernos el delantal” y vivir la “operación igualdad”, que no es otra cosa que ser y hacer eucaristía, mesa compartida, donde la humanidad toda nos sentemos a compartir los dones recibidos y los bienes de la tierra sin que nadie quede excluido.

Pepa Torres Pèrez