viernes, 2 de diciembre de 2016

Taxistas (Alfa y Omega Noviembre 2016)


Soy peatona casi por naturaleza. No tengo coche y es por eso que ante situaciones imprevistas y urgentes cojo taxis. Los taxis son como las personas, guardan secretos o los traicionan, acogen respetan, consuelan, o violentan, discriminan y rechazan. Todo depende de quienes los conducen. La crisis ha diversificado el perfil de los taxistas. Hay hombres taxistas y mujeres taxistas, taxistas jóvenes y taxistas mayores, hay taxistas filósofos, psicólogos, músicos y hasta abogados.Dos historias recientes vividas en un taxi me hacen escribir este texto como agradecimiento. 

La primera tiene nombre de mujer. Una mujer joven y su niña y yo como acompañante, que abandonan todo lo que tienen, huyendo del maltrato de su pareja. Mientras hacemos el trayecto hacia el Centro de acogida la mujer telefonea algunas personas de confianza para decirles que durante un tiempo va a estar desaparecida, entre ellos a su madre, residente en Centroamérica, con la que mantiene, entre lágrimas y silencios, una larga conversación.

El taxista mira a la mujer respetuosamente por el retrovisor y se posiciona cómplicemente con ella intentado distraer a la niña, conversando sobre una serie televisiva de dibujos animados y ofreciéndole unos caramelos. Cuando llegamos a nuestro destino y vamos a pagar, el hombre, afectado, nos dice: Señoras, este viaje no se lo voy a cobrar. Es mi manera de apoyarlas. Es usted muy valiente, le dice a mi joven amiga. Tenga usted mucha fuerza. Mi madre también hizo esta un día y es lo mejor que pudo hacer por ella y por nosotros. Desconozco su nombre y la matrícula de su taxi pero ni mi amiga ni yo hemos podido olvidar la ternura de su gesto

La segunda historia tiene nombre musulmán y piel negra. Es la una de la madrugada y dos mujeres paramos un taxi acompañando a un amigo que se encuentra hiperventilando. Por favor, a la Fundación Jiménez Díaz, le decimos. En el trayecto nuestro amigo empieza a gemir y a decir palabras en su lengua. No le entendemos, pero sentimos su dolor y su mirada perdida como un grito que nos inquieta. Empezamos a acariciarle y a practicar respiraciones con él y a decirle que le queremos, que no está sólo ante la noticia que ha recibido su país y que le ha hecho ponerse así. Por fin llegamos al hospital y el taxista al dejarnos en la puerta de urgencias le dice con cariño, ánimo chaval, que aquí te van a poner bueno. Que todo se arregle señoras…

Gestos de humanidad, que alivian el espesor de noches y heridas mientras atravesamos semáforos y ceda el paso.

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