Me ha costado mucho escribir este artículo. Todavía me encuentro silenciosa interiormente y un tanto desolada ante hechos de los que tristemente estamos siendo testigos: el ascenso de la ultraderecha en nuestro país, la imposibilidad de que los partidos en nuestra ciudad y otros lugares hayan llegado a un acuerdo para hacer una declaración conjunta contra la violencia de género el 25 de Noviembre, etc. Hechos que me recuerdan que atravesamos tiempos de hielo, más allá de la estación climática en la que nos encontramos, o en expresión de Yayo Herrero que lo que esta aconteciendo es una guerra contra la vida, porque la política y la economía hegemónicas se están desarrollando de espaldas y contra las bases materiales que permiten sostenerla.
Hay miles de ejemplos que lo señalan, pero sin duda uno poderosísimo es el golpe de estado en Bolivia, con la imagen de la nueva presidenta portando la Biblia, custodiada por el ejército en su entrada al Palacio presidencial y en alianza con las grandes empresas extractivistas que pretenden explotar los yacimientos de litio del país, con múltiples consecuencias en la vida cotidiana del acá y del allá. Las cientos de familias latinoamericanas solicitantes de asilo, que llegan a Barajas cada semana y que hacen cola a diario en las puertas del Samur o la Oficina de Ayuda al Refugiado, a la espera de un recurso para el que son invisibles y que terminan por ser acogidas y acompañadas, frente a la insensibilidad de la administración, por la Red Solidaria de Acogida, la parroquia de San Carlos Borroneo, o la Mesa de hospitalidad de la iglesia son otro buen ejemplo.


